La estructura del orden mundial se encuentra bajo un constante escrutinio, especialmente en lo que respecta a la aplicación del derecho internacional. Este marco normativo, que debería servir como guía para la convivencia pacífica entre naciones, a menudo se ve eclipsado por intereses políticos y económicos. En este contexto, es crucial analizar cómo los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, junto con otros actores globales, utilizan y manipulan el derecho internacional a su favor, dejando a muchos países en situaciones de vulnerabilidad.
La ONU, compuesta por cinco miembros permanentes —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y el Reino Unido— y diez miembros no permanentes, tiene la responsabilidad de mantener la paz y la seguridad internacional. Sin embargo, la realidad es que muchos de estos países no son ejemplos de respeto a los derechos humanos ni del cumplimiento de las normas internacionales. Por ejemplo, Pakistán, que cuenta con un arsenal nuclear, ha estado involucrado en conflictos armados con Afganistán, donde ambos países se acusan mutuamente de fomentar la insurgencia. La situación en Afganistán se ha deteriorado desde la retirada de las tropas estadounidenses en 2021, dejando a la comunidad internacional sin una respuesta clara sobre cómo abordar la crisis humanitaria que se desarrolla allí.
En el caso de la República Democrática del Congo, un país rico en recursos minerales como el coltán, la explotación laboral y la guerra civil son problemas persistentes. A pesar de que la ONU tiene una misión de paz en la región, la violencia y la explotación continúan. Recientemente, un derrumbe en una mina resultó en la muerte de 300 personas, lo que pone de manifiesto la falta de regulación y protección de los derechos laborales en el país. La primera ministra, Judith Suminwa, educada en Bélgica, enfrenta el desafío de gobernar un país que ha sido devastado por décadas de conflicto y explotación.
Somalia, otro miembro transitorio del Consejo de Seguridad, es un claro ejemplo de un estado fallido. Con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) alarmantemente bajo, el país vive en un estado de guerra constante. La ONU ha alertado sobre la crisis humanitaria que afecta a millones de somalíes, mientras que Somalilandia ha proclamado su independencia, complicando aún más la situación. En este contexto, el derecho internacional parece no tener un impacto significativo, ya que las potencias globales a menudo ignoran las realidades locales en su búsqueda de intereses estratégicos.
La situación en Sudán del Sur, que ocupa el último lugar en el IDH, es igualmente desoladora. Desde su independencia en 2011, el país ha sido escenario de una guerra devastadora, con múltiples actores internacionales involucrados, cada uno apoyando a diferentes facciones. La falta de un orden internacional efectivo ha permitido que estas potencias utilicen a Sudán del Sur como un campo de batalla para sus propias ambiciones geopolíticas. En este sentido, el derecho internacional parece ser una herramienta que solo se utiliza cuando conviene a los intereses de los países más poderosos.
La historia reciente de Europa también ilustra cómo el derecho internacional puede ser manipulado. La Unión Europea ha sido un ejemplo de cooperación y paz en el continente, pero incluso en este contexto, han surgido tensiones. Las guerras en los Balcanes y la actual crisis en Ucrania demuestran que el deseo de estabilidad y orden no siempre se traduce en resultados positivos. A pesar de los esfuerzos por construir un marco de paz, las ambiciones de países como Rusia y China continúan desafiando el orden establecido.
Estados Unidos, por su parte, ha desempeñado un papel ambivalente en el escenario internacional. Desde la Guerra Fría, ha buscado mantener su influencia global, a menudo utilizando el derecho internacional como una herramienta para justificar sus acciones. Sin embargo, sus intervenciones en países como Irak y Afganistán han sido objeto de críticas, ya que a menudo han resultado en más caos y sufrimiento. La retórica de ser el «sheriff» del mundo ha llevado a una serie de conflictos que han dejado a muchas naciones en un estado de inestabilidad.
La complejidad del derecho internacional radica en su aplicación selectiva. Mientras que algunos países son sancionados por violaciones a los derechos humanos, otros parecen estar exentos de responsabilidad. Esta doble moral crea un ambiente de desconfianza y cinismo hacia las instituciones internacionales, que se ven como herramientas al servicio de los intereses de las potencias dominantes. En un mundo donde el derecho internacional debería ser un pilar fundamental para la paz y la justicia, su uso como arma política socava su credibilidad y efectividad.
En este contexto, es esencial que la comunidad internacional reevalúe su enfoque hacia el derecho internacional. La creación de un sistema más equitativo y justo, que no solo beneficie a los países poderosos, es crucial para abordar las crisis humanitarias y los conflictos que asolan a muchas naciones. La verdadera aplicación del derecho internacional debe ser un esfuerzo colectivo, donde todos los países, independientemente de su poder o influencia, sean tratados con igualdad y respeto.